New Theme: Dark Wood

Posted: March 18th, 2010 | Author: admin | Filed under: Uncategorized | Tags: | No Comments »

Go against the grain with “Dark Wood,” an eye-catching and playful theme. Bright colors and whimsical icons fuse with dark tones to provide a pleasing and harmonious design. Dark Wood is a three column theme with a rich wood textured background.

Dark Wood

When you’re looking for a theme with some serious character, Dark Wood could definitely be the one. Bright links and header icons give the design some real spice, complemented with a whimsical background.

Dark Wood doesn’t leave out the extras either. There are two sidebars that can be packed with widgets and the search box comes styled nicely to match the design.

Dark Wood's Sidebars

Dark Wood will provide a pleasing and harmonious backdrop for your blog. Give it a spin and see how you like it.

Dark Wood is available for all WordPress.com sites and is available for WordPress.org users over at the Theme Directory.

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New Theme: Titan

Posted: March 9th, 2010 | Author: admin | Filed under: Uncategorized | Tags: , | No Comments »

Titan is a fantastic theme, now available on WordPress.com. It’s a highly readable, clean theme, with lots of options: four widget areas, a customizable header, and more.

Behold Titan!

An enticing color scheme and loads of customization make Titan a wonderful theme for you blog. To start things off the header has some nice social networking and RSS links, making it easy for users to keep up with your blog.

Right below the title is a highly customizable header. There are options to turn on and off categories and pages, allowing you to choose how users navigate your blog.

Titan's Header Options

Aiding in even more customization are four widget areas, including a nice footer widget area.

Titan's Footer Widget Area

Titan was designed by Drew Strojny and is available in the WordPress.org Themes Directory. You can check out Titan for yourself at http://titandemo.wordpress.com

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Pesadilla de grandecito (la quemada)

Posted: March 7th, 2010 | Author: admin | Filed under: Uncategorized | Tags: | No Comments »

Eramos alumnos de un colegio religioso. De ideología familiar para definir de alguna manera su intensidad conservadora.

No podría ni estar cerca de decir que pasé por una persecución disciplinaria extrema. Más bien las monjas que estaban a cargo eran permisivas en varios aspectos, como con nuestras travesuras de chicos.

El terrero ocupaba una manzana entera del barrio, siendo poco menos de la mitad para el colegio y la mayor parte para la residencia de las religiosas.

El predio de ellas contaba con una gran edificación de dos plantas con un balcón común de lado a lado, desde donde podían visualizar el patio empastado en el que convivían, ñandúes, tatus bolitas, perros y aves enjauladas.

Al otro lado teníamos un gran patio de cemento con canteros y madres agradecidas de que no nos ensuciemos. La preocupación de la mía (y de algunos de mis compañeros) en este sentido se limitaba a la colocación de retazos de cueros a la altura de las rodillas en nuestros pantalones de buzo.

A la hora del recreo, jugábamos con algunos compañeros a recorrer el backstage del colegio. Atravesábamos puertas que nos llevaban a lugares donde no llegaba la luz del sol y eran conocidos por muy pocos. Descubrimos el lugar donde depositaban las sillas rotas, víveres apilados debajo de escaleras que terminaban en puertas llaveadas, piezas donde costureras hacían uniformes para la institución -nunca las vimos entrar ni salir del colegio, pero allí estaban- y que cuando las descubrimos nos saludaron con una sonrisa mirándonos por debajo de sus lentes con cuerditas.

El tiempo del recreo se hacía valioso, nos sentíamos privilegiados de conocer esos lugares, mientras que los demás sólo se limitaban a correr de aquí para allá dentro de los límites establecidos.

Volvíamos siempre a clases eufóricos después de haber pasado una tarde de aventura.

Yo que estaba -estoy- excedido de peso quedaba atrás de mis compañeros en las corridas cuando huíamos despavoridos al oír los pasos de alguna monja que se acercaba. A veces sólo corría sin poder visualizar lo que habían visto los que iban primero en la expedición.

Pero aquélla vez todos vimos -o creímos- ver lo que vimos.

Desde los primeros pasos afuera de la clase sin que haga falta decirlo, ya sabíamos que esa tarde sería una tarde más de exploración.

En el patio decidíamos si esa vez el acceso sería el bebedero que nos conducía a un pasillo donde comenzaba todo. Podíamos ver a través de unas ventanas dicho pasillo, que se encontraba muy por debajo desde donde estábamos. Mirábamos por allí , enfilados en posición de mirones con la manos a los lados de la cara cuando la vemos pasar.

Con ropa particular pasaba caminando una niña de nuestra misma edad con una máscara de carne que mostraba haber sido víctima de quemaduras profundísimas. Reconocí apenas los espacios dónde iban los ojos, la boca y unos diminutos agujeritos para respirar.

Pasó debajo de nosotros sin darse cuenta que la mirábamos desde arriba, o tal vez a su corta edad ya estaba obligadamente acostumbrada a mostrarse indiferente ante la mirada de la gente.

No dejamos de mirarle, yo estaba tieso con la carne helada y los ojos abiertos impactados.

Terminó de caminar por el pasillo, pasó por la puerta abierta que nos conducía a las expediciones y se perdió en la oscuridad. Recién ahí fue cuando pudimos salir de aquél trance en que estábamos atrapados, despegar la cara de las ventanas, bajar los brazos y mirarnos la cara de aterrados, sin decir absolutamente nada.

Empezamos a movernos y sentí las piernas totalmente adormecidas y un ligero dolor en las articulaciones.

Esa tarde nos quedamos en el patio con todos, como la tarde siguiente y la siguiente a esta.

Nunca comentamos lo que vimos con nadie, ni siquiera entre nosotros.

Pasaron una docena de años, cada uno creció caminando por su propio pasillo con sus propias marcas de aquella tarde.


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Colectivo sentimental (de interrupciones)

Posted: March 4th, 2010 | Author: admin | Filed under: Uncategorized | Tags: | No Comments »

Salí temprano del trabajo -osea a la hora que figura en los papeles que tengo que salir- y me subí en el 31 para buscarle del trabajo a mi novia, con la que, cómo ya saben algunos, me caso este año.

Viajaba sumergido en mis pensamientos sobre el costo de una casa propia y salía a flote cada vez que recordaba a los dos tipos con aspecto delictivo que estaban sentados dos asientos detrás mío. Tal como historias anteriores.

Varado el colectivo en el semáforo antes de llegar al cementerio de la Recoleta, miraba por la ventana con la siempre mala costumbre de sacar el codo afuera, cuando veo que caminaba a mi lado-debajo mío un muchacho joven que fácilmente podría ser identificado como cómplice de los dos más arriba citados.

Desde donde podía ver con la mitad de la cabeza fuera de la ventana, el tipo se paró frente a la puerta, le dijo algo al chofer, y ya con mi cabeza de nuevo metida lo veo subirse al colectivo  y pasar por arriba del molinete.

Bueno Houston.

Se para de espaldas al chofer, sonríe a la chica sentada a su derecha, da vuelta la mochila que tenía atrás, la puso en su pecho y sacó un frasquito tipo de gotas para los ojos, mientras decía: - Queridos pasajeros…

Era un vendedor y la gente que vende cosas en los colectivos no roba (?), pensé y me tranquilicé.

Miré de nuevo hacia la calle tratando de retomar mis pensamientos, pero la venta de gotas milagrosas que contenían aloe vera con sus efectos curativos que todos ya conocíamos, me lo impedían.

Hice un paneo para ver el estado general de los demás tripulantes y veo que cada uno estaba hipnotizado mirando por su ventanilla boba.

La única que le prestaba atención al joven vendedor era la chica a su derecha.

Él hablaba un castellano con acento a todo y de pronto ya no me pareció ‘tan delincuente’. Ya pasaba por hippie.

Creo que por respeto a los demás (aunque ausentes) se dirigía también a ellos, pero no dejaba de mirar por mucho tiempo a la única que le atendía.

En uno de los semáforos se subió un niño malabarista, que me llamó la atención porque tenía la cara pintada de payaso.

Se quedó al lado del chofer, detrás mismo del vendedor y comenzó a repetir todo lo que este decía. Lo imitaba. Hablaba al mismo tiempo que él. Hacía gestos a su espaldas. Un verdadero fastidio.

Ahí ya tenían toda mi atención. Solamente esperaba que el más grande estalle en nervios y le dé un feroz akapeté al nene.

Seguían hablando -ambos- de la gota maravillosa. El vendedor de repente repetía palabras. Se estaba por perder. ¿Le iba a dar un océano mental? ¿Se daría vuelta a pedirle amablemente al niño que se deje de romperle las bolas?

No. Nada de eso pasó.

Terminó lo que tenía que decir, se fue al fondo a repartir sus frasquitos a los interesados y se bajó del colectivo.

Tampoco tomó venganza en la vereda cuando estuvo al lado del niño.

Estaba quieto mirando algo, absorto. Era a la chica que tuvo a su derecha en el colectivo. La única que le prestó atención mientras como un gladiador resistió, recordó y repitió todo el parlamento que se había aprendido para poder vender su producto a Gs. 1.000.

Ella le miraba desde el otro lado del colectivo. Yo en el medio de ambos.

A la distancia por momentos, él movía los labios murmurando cosas. Ella miraba su celular, miraba otro lado, pero a los pocos segundos volvía su mirada hacia él.

El semáforo dio verde. El colectivo se comenzó a mover.

El joven vendedor de gotas para la piel besó su dedo índice y le apuntó a ella mientras sonreía con los ojos casi húmedos a punto estallarle.

Ella enviaba un sms.

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